Devorador de sueños
Volver a las raíces y contemplar un filme de terror de ritmo sosegado es reconfortante en estos tiempos dominados por, llamémoslo así, la generación de los videocliperos, con realizadores como Paul Anderson (Resident Evil), James Wan (Saw), Darren Lynn Bousman (secuelas de Saw), Marcus Nispel (remake de La matanza de Texas), Rob Zombie (La casa de los 1000 cadáveres), Zack Snyder (el remake El amanecer de los muertos)... que no se me malinterprete, me parecen apreciables las innovaciones de estos directores y no me desagrada el, por así decir, terror posmoderno, pero el problema parte más del cine derivativo de las obras de estos realizadores, cayendo en una sucesión de imágenes y efectismos sin asentar acertadamente una ambientación o una trama de terror, un descarriamiento en lo superficial de la última moda del cine de terror, no utilizando una determinada estética con efectividad como medio para sus pretensiones como hacen los directores antes mencionados. Por ello, ante esta deriva alejada de lo realmente importante, no sólo los films de corte setentero u ochentero son un agradable bálsamo para el género, sino también los de corte clásico, como es el caso de esta Devorador de sueños, incursión norteamericana de los argentinos Daniel de la Vega y Pablo Parés.
Esta película se ubica en los patrones clásicos del género, un film de terror gótico que remite poderosamente al universo de Edgar Allan Poe (con evidentes referencias al poema El cuervo), sin alejarse de este esquema también bebe de influencias modernas como La semilla del diablo (1968), El exorcista (1973) y Al final de la escalera (1979). Una lóbrega historia de casa misteriosa en lo que al principio parece una disputa por una herencia entre Jennifer Cassi (interpretada por Gina Philips) y su abuela Mary Ellen (interpretada por la prestigiosa Faye Dunaway) pero que una desasosegante trama de suspense, no muy sorprendente pero tampoco demasiado predecible, conducirá a una oscura historia de magia negra. La tranquila progresión de la narración permite construir con solvencia una tétrica atmósfera, fundamentada por una parte en el “duelo interpretativo” del seco y cortante personaje de Gina Philips y de la inquietante abuela caracterizada por Faye Dunaway, y por otra parte en una eficaz utilización de los diferentes elementos cinematográficos y artísticos, tales como una correcta puesta en escena, un buen manejo de planos y luces (o ausencia de luces pues la oscuridad reina en el filme) y la inclusión de una evocadora música, que eso sí, en ocasiones suena sintética, y es que esto puede resultar positivo de manera vanguardista, pero cuando se elabora una suntuosa sinfonía esto chirría.

Aunque no sea una película original, en todo momento resulta interesante pues está resuelta de manera inteligente y su poso macabro, algo que va más allá de las explotaciones comerciales de adolescentes estúpidos asesinados que tanto nos tenemos que tragar desde hace tiempo, apoya lo que debe ser una prioridad en el cine de terror, construir una historia pesadillesca. Por tanto, sin caer en ningún purismo ni ortodoxia, no olvidar las fuentes clásicas del cine de terror es conveniente, y es especialmente grato cuando nos lo recuerda una película eficaz como Devorador de sueños. [6,5]
- Paco Antequera